Lo que Bale y lo que vale

Bale, rasgándose las vestiduras.

Bale, rasgándose las vestiduras.

¿Han oído hablar del weltschmerz? Es una de esas palabras que sólo pueden inventar los alemanes, llena de matices intraducibles, pero que podríamos explicar como “el dolor que siente una persona cuerda y razonable al ver el mundo tal y como es y ver la enorme distancia que existe con cómo debería ser”.

Seguramente usted, que es una persona con inquietudes, curiosidad e interés -de lo contrario no estaría leyendo esta revista – haya sentido oleadas de weltschmerz a diario durante los últimos años, en los que la deriva de nuestro país y del mundo ha acelerado cada vez más.

Llega un momento en el que cabe preguntarse qué somos y qué queremos ser. Hace unas semanas asistíamos atónitos a la compra de un futbolista por parte del Real Madrid por 100 millones de euros, justo la cantidad que necesitaba el CSIC para evitar su quiebra. Sí, es comparar churras con merinas, y una empresa privada puede hacer con su dinero lo que le de la gana. Pero, y este es un pero muy grande, nos sirve para comparar lo que somos con lo que queremos ser, esa distancia insalvable que produce el weltschmerz. Casi cualquier español sabe lo que ha costado Gareth Bale, pero muy poco saben qué es el CSIC, de su enorme importancia, de la necesidad que tenemos como sociedad de apostar por nuestros científicos y por quienes nos hacen avanzar. Pocos saben que en 2012 el CSIC registró 145 patentes, y que este año ya lleva un centenar, a pesar de la crisis, de la falta de ingresos, de la situación absolutamente precaria de la investigación en nuestro país. Los investigadores no meten goles, pero desarrollan dispositivos que ayudan a reducir temblores motores, consiguiendo que un paciente con Parkinson pueda beberse un vaso de agua. Así de simple, así de inmenso.

Volviendo a la pregunta del párrafo anterior… ¿Qué somos? Un pueblo que valora con entusiasmo los triunfos deportivos de sus equipos, un pueblo que disfruta del éxito de unos pocos asumiéndolo como propio, un pueblo que valora las gestas heroicas con olor a sudor, a hierba o a gasolina. Los triunfos del instante, vicarios, recibidos y no trabajados, son escapatorias de la realidad, excusas para la conciencia y, en ocasiones, lenitivo para flojos y cobardes. No hablaré de la tremenda conveniencia para los gobernantes de que esto suceda, porque es una obviedad, ni de cómo se fomenta desde la esfera política. Hablo de nuestra responsabilidad, como comunidad y como individuos, ante el rumbo que hemos escogido para nuestra sociedad.

¿Qué queremos ser? Pues por lo visto, más de lo mismo. No puedo hablar por otros, pero sé lo que a mi me gustaría. Me gustaría que en lugar de Eurovegas se crease un gran campus destinado a vivero de startups tecnológicas, estilo Silicon Valley, con exenciones fiscales a las empresas consolidadas que decidiesen establecerse en él. Me gustaría que en lugar de que corriesen ríos de tinta por el fichaje de un futbolista, lo hiciesen por la quiebra de una institución como el CSIC, amenazada por los recortes. Me gustaría que cuando un investigador español consigue un logro importante, apareciese en portada en lugar de enterrado en la página 43 debajo de un anuncio de coches. Me gustaría que los recortes comenzasen por los innumerables coches oficiales, por los aeropuertos inútiles donde no aterriza un solo avión, por el presupuesto en banderolas para los mítines, por la fanfarria, por el aderezo, por lo efímero. Me gustaría que todos valorásemos más el esfuerzo diario que la gesta, la honestidad antes que la promesa ampulosa, lo que vale antes que lo que Bale.

Me gustaría no llegar al pie de la Ciudad de la Cultura de Santiago, mirar arriba y no gritar como Cervantes, mirando al efímero túmulo de Felipe II, “Voto a Dios que me espanta esta grandeza”. Pero luego, incontinente, no me queda más que calar el sombrero, requerir la espada, mirar al soslayo, irme, y nada. No, nada, no. Aún me queda el weltschmerz y estas palabras que comparto con usted con el firme deseo de que encuentren eco en su alma y en su ánimo. Y si también le duele, que sepa que aquí tiene usted un amigo.